Allanamiento de Morada

29 Oct 2020 | Relatos

Las luces se habían apagado hacía más de dos horas y tenía la certeza de que los habitantes de la casa dormían profundamente. Accedió por el punto más débil, embutido en su atuendo negro para camuflarse en la oscuridad. Trepó por la reja y llegó sin problema hasta la ventana de su objetivo. Con un golpe seco, apalancó el cierre y no tardó en colarse al salón.

La luz de su linterna barrió la estancia, iluminada tan solo por el destello rojo del reloj de algún aparato electrónico. Ya eran las 3:04, no tenía mucho tiempo. Sigiloso, abrió cajones, revisó encimeras, pero no encontró el botín. De lejos, los ronquidos procedentes del dormitorio llegaban enérgicos. Se empezó a arrepentir por haber elegido aquella vivienda, aunque ya que estaba dentro, se arriesgó a llegar hasta la habitación. Dos alientos asincrónicos gobernaban la estancia. Uno era fuerte y sonoro, el otro apenas un susurro, y al fondo, los grillos del jardín marcaban el ritmo nocturno de una noche de verano.

Intuyó a una pareja tumbada que dormía sosegada. Sacó su navaja, por si acaso, aunque prefería no hacerlo. El plan era coger el dinero y salir de allí sin hacer el menor ruido, sin víctimas. El reloj digital tiñó de azul la hoja del arma al proyectar la hora sobre ella. Era arriesgado permanecer en el cuarto y se dirigió a la cocina. Abrió armarios, botes de legumbres, cajones, alacenas y localizó la despensa, pero tampoco halló nada. Le habían asegurado que la pareja tenía efectivo escondido en algún lugar de la casa. Solo era cuestión de buscarlo, sin embargo, el tiempo corría. Tan concentrado estaba en su cometido que no reparó en que, de pronto, la mujer entró a oscuras. No se movió, permaneció quieto, sin respirar, y la observó al tirar de la puerta para sacar una botella de agua fría y beber de la abertura. La contempló domando su aliento y se aseguró de tener la navaja a mano. Llevaba puesto un camisón de tirantes que transparentaba su curvilínea figura por la luz del electrodoméstico. Atónito ante aquella sensual visión, de pronto la percibió inofensiva y continuó deleitándose con la imagen. La mujer saciaba su sed, totalmente ajena a su presencia. Con la cabeza inclinada hacia atrás, el pelo revuelto y la tela de raso que la envolvía solo medio cuerpo, el hombre intuyó sus muslos, la ausencia de ropa interior, sus generosas caderas y una cintura que estrechaba la espalda.

Terminó de beber, cerró la puerta y dejó a la penumbra apoderarse del sitio. El calor pastoso la obligó a querer abrir la ventana para para refrescar el ambiente. Se giró y entonces, lo vio. Una oscura y alta figura la observaba muy quieta. Se sorprendió tanto, que no fue capaz de emitir un solo suspiro. Mientras, los grillos continuaron con su festejo y su marido, al fondo, daba las notas más graves de aquella sonata. Concierto nocturno, dramático y tétrico de una noche de verano. Quiso convencerse de que aún estaba dormida, que se trataba de un sueño, sin embargo, al ver al intruso colocar su dedo índice sobre los labios supo que no era así.

Él se acercó con sigilo y, al llegar a su oído, le susurró:

—Calladita o te rajo aquí mismo. —Exhibió su navaja.

Ella asintió y tragó saliva. Estaba muy cerca, quizá demasiado. Vigiló el machete que estaba en su mano destellando el tenue resplandor de la luz que se colaba por ventana. Lo miró de reojo, rígida, sin mover una sola pestaña, y asintió para hacerle entender que comprendía el mensaje. Tras una infinita pausa, el hombre agarró su brazo y murmuró:

—Dame toda la pasta.
—Tranquilo —contestó ella.

El ladrón se situó por detrás y pasó su antebrazo por el cuello para reclinarla hacia su pecho. El calor de ambos ascendió con rapidez, y el pañuelo que le cubría la cara le impidió respirar con facilidad. Lo apartó con un ligero toque. Al fin y al cabo, la oscuridad le ocultaba y su víctima estaría todo el tiempo de espaldas.
Retenida por la clavícula, la mujer percibió la acelerada respiración del intruso meciendo su pelo. Su aroma era agradable y la envolvió como un halo que, para su sorpresa, le resultó embriagador.

—¿Dónde está? —preguntó él. Sus labios rozaron la oreja de la mujer y ella apreció cómo el vello se le erizaba, incomprensiblemente.
—Está aquí. —Señaló la nevera.
—Muy listos, dámelo.

El sopor de la noche pesaba denso, y el sonido de los grillos y ronquidos del fondo no cesaban, cual locomotora ciega que se detiene al llegar a su destino. La mujer abrió la puerta del frigorífico y la cocina volvió a iluminarse. Buscó en el cajón de las verduras un paquete envuelto en plástico y pensó en ese dinero ganado honradamente. Era la caja de su negocio que aún no había llegado a ingresar en el banco. Si su marido hubiese tenido el sueño liviano habría notado que llevaba ya un rato fuera de la cama, pero era pesado y profundo, y ni siquiera los gritos interrumpirían su descanso. Se demoró en la entrega un segundo más de la cuenta y percibió al hombre, estrechando aún más el espacio. Sin vacilación esta vez, le pasó el envoltorio, sin embargo, por un impulso incontrolado, aprovechó que la puerta estaba abierta para girarse y ver su cara. Tenía los labios gruesos, la nariz chata y unos ojos grandes sin un color definido. Su frente lisa dejaba entrever que no pasaba de los treinta.

No debió haberlo hecho. Todo iba bien hasta ese momento. Aquel no era el plan, pero ya lo había visto, ¿y ahora qué? El asaltante supo que se detenía en su rostro; sus ojos azules analizaron su cara, atrapando cada uno de sus rasgos para luego denunciarle. Vio las aletas de su nariz reteniendo el oxígeno, casi desesperada. Miró sus labios desde su altura, su escote agitándose, nerviosa, los pechos erguidos, marcando la seda que se adosaba a su piel. Le faltaba el aire, acelerada, estimulándole a él también.

—¿Pero qué haces? —cuestionó perplejo— ¿Es que quieres que te pinche?

Nadie entendía qué es lo que estaba pasando. Ella no se apartaba, no se quería apartar. La tenía a escasos centímetros, casi rozando su boca. Su respiración le acarició la cara y su bragueta se dilató sin previo consentimiento. Turbado, contempló cómo fue ella capaz de acercarse y posar la boca en sus labios. Sus pechos contra su torso se estremecían con cierta premura, le incitaban, lo provocaban. Las finas manos buscaron su piel para acariciarle y con el codo la vio empujar la puerta, dejando que la oscuridad los acogiera de nuevo.

Navaja en mano, deseó acariciar sus hombros. La soltó sobre la mesa para explorar ese cuerpo que tan sensualmente lo había seducido. Palpó su espalda, húmeda y caliente, y llegó hasta sus bien formados glúteos. El camisón reptó entre sus dedos hasta alcanzar su forma redonda y la empujó suavemente contra la pared. Levantó su larga melena con una mano y jugueteó mordiéndole el cuello, mientras con la otra se desabrochaba el pantalón. Ardía por dentro, ansioso por invadirla. No tardó en dejar al aire sus atributos, liberados, buscando por donde colarse, y encontró el modo de poseerla con una vigorosa embestida. Ambos reprimían los jadeos, concentrando aún más el desenfreno de aquella escena surrealista. La oscuridad ardiente, cómplice de aquel encuentro, los envolvió con su manto negro. La tórrida noche cobijaba a aquellos improvisados amantes que se agitaban, el uno contra el otro, ahora de forma frenética, provocando que ella se elevara a un clímax casi salvaje, alejándose mentalmente de aquella cocina y de la situación. Después fue él el que, desbocado, notó su cuerpo tensarse y fluir hasta quedar liberado. Fue entonces, en ese momento, cuando sintió la punción mortal de la hoja afilada de su navaja, hundiéndose, perversa, en su cuello viril.