Belleza Divina

28 Ene 2021 | Relatos

Era guapa, muy guapa, extremadamente bella, y más aún si se analizaban sus rasgos por separado.

Su pelo, lacio y dorado, caía sobre sus hombros y adornaba su rostro perfecto. Los ojos, color turquesa, dejaban una estela brillante allá por donde pasaban. Sus labios destacaban rojizos en una impoluta piel, perfilándose aún más carnosos. El escandaloso cuerpo dejaba en evidencia unas redondas y respingonas nalgas, dándole un toque de gracia a las interminables piernas que se adivinaban tras sus escuetos vestidos. El escote, retando a la gravedad, se endurecía aún más con los cambios bruscos de temperatura, dejando adivinar unos pequeños pezones que se erguían, descarados, reclamando la atención a su alrededor. Era una diosa hecha carne: encantadora en sus dulces modos, tierna en sus ademanes, con una tenue y dulce voz.

Las mujeres, depravadamente envidiosas, la admiraban sin disimular los celos, aunque algunas, ya resignadas, alababan su físico con respeto, asumiendo la obviedad. Otras simplemente deseaban tener un cuerpo similar, aunque menospreciaban sus comentarios que consideraban poco inteligentes. Los hombres, en cambio, eran incapaces de no escanearla de arriba abajo, dejando al descubierto el subconsciente colectivo que todos asumían.

Pese a todo, ella era tremendamente infeliz. No entendía por qué ningún hombre pasaba de la primera noche. Por el contrario, siendo físicamente poco destacable y con un cuerpo bastante más corriente, su mejor amiga triunfaba entre los varones. Esbozaba una pícara sonrisa y quedaban hechizados por un encanto que no sabían bien a qué respondía. Además, decía estar harta de dar esquinazo a un buen número de pretendientes que apostaban por sudar con ella entre las sábanas.

Era tremendamente injusto. Con lo mucho que se cuidaba, su dieta rigurosa, su constante ejercicio, aquella beldad se pudría en soledad mientras que su compañera que, en apariencia pasaba sin pena ni gloria, tenía la agenda repleta de candidatos que se morían por pasar unas horas a su lado. «¿Por qué?», se preguntaba frustrada. ¿Qué es lo que le faltaba?

Y es que nadie había sido capaz de ser del todo sincero. Los hombres la deseaban, la imaginaban de mil maneras, en mil posturas, fantaseaban con su desnudez al salir de la ducha, vistiéndose lentamente, mientras notaban cómo la excitación les invadía las entrañas… hasta que la tenían de frente. Era extraordinariamente delicada. Toda ella destilaba glamour, perfección, exquisitez… y sin embargo no trasmitía nada, ni un ápice de sensualidad. Era como poseer a una perfecta muñeca inerte, fría, de plástico.

Algunos que dieron cuenta de la experiencia tras haberla tenido entre sus brazos contaban cómo, al salir de su cama, parecían haber estado entrenando en una sesión de atletismo. Sus salvajes instintos, que tanto se habían anticipado, se disiparon por completo. Fue al intentar seducir a su amiga cuando comprendieron lo que le faltaba: era una ausencia total de erotismo, sin embargo, la mujer imperfecta provocaba que sus sentidos más primitivos navegaran sin control, arrancando su lado más animal. No era ni mucho menos tan guapa, ni por supuesto tan divina, pero tenía algo… «qué sé yo», aseguraban todos y cada uno de ellos.

Hasta que un buen día, la perfecta diva se cruzó con otro divo de plástico. Aquel de bíceps tremendos, de hinchada musculatura que se marcaba en sus apretadas camisas. Era el mismo tipo de hombre que no jadeaba al excitarse ni gemía al alcanzar el éxtasis. Un hombre exquisito de modales perfectos y cuerpo prodigio, y que vivía incomprendido por infinidad de mujeres que no fueron capaces de entender por qué nunca, jamás, volvieron a llamarle tras lo que a ellas les parecía una buena sesión de gimnasia.