Blancanieves (SXXI)

26 Nov 2020 | Relatos

En realidad, Blancanieves era una niña pija. Fue una alumna muy rebelde de uno de los mejores colegios del reino. Huérfana de padre y madre, un día se enfrentó a su madrastra, pese a que era ella la que pagaba sus estudios con la pensión de viudedad. Sí, era un poco narcisista, pero no más que el resto de jóvenes viudas de clase alta que hereda una suma importante de acciones y bienes de sus difuntos maridos.

Blanqui salió (del casoplón) dando un portazo. No soportaba las restricciones y los castigos para impedir que los botellones y las fiestas dejaran de ser su rutina los fines de semana. Con poco más que lo puesto, pero sin renunciar a su móvil de alta gama, deambuló hasta llegar al extrarradio. Una casa en ruinas, grafiteada, le dio cobijo de la repentina lluvia. Allí conoció a siete okupas (que por tanta litrona y tanto fumeque no habían crecido en condiciones). Blanqui tiñó su rubia y sedosa melena (de negro azabache). Se hizo una rasta (que se colocó como diadema) y comenzó a vivir una vida alternativa. Quería romper el sistema, renunciar a su herencia y practicar el amor libre (obviaremos contar los siete romances o simples escarceos que tuvo con los okupas. No estamos aquí para juzgar sus opciones sexuales…).

Pasó el tiempo y, en vista de que no regresaba, la madrastra llamó a su suegra (por videoconferencia). La anciana prometió ir a buscarla, no sin antes puntualizar (con ese tono que solo tienen las suegras), que no parecía afectarle la ausencia de su hijastra, pues veía su rostro impoluto, apenas sin reflejar sufrimiento. Más bien al revés, pues la veía más guapa que nunca. (Ni una arruga, ni una mancha en la piel… Chica, parece mentira, que la niña no duerme en casa desde hace ya más de un mes y tú tan lozana y tan pichi). A lo que la madrastra argumentó que no era más que debido a su última inyección de bótox.

La anciana llegó hasta la chabola (vestida de pedigüeña). Sabía que si iba con sus visones y el chófer no tardarían en atracarla en aquel antro. Llamó a la puerta, ofreciéndole los mejores manjares (caramelizó manzanas) y llevó pasteles que no tardaron en ser arrancados de sus manos por un chaval muy bajito (que apenas podía hablar). Después, la echó de allí a empujones.

Desesperada, se presentó en comisaría para denunciar que tenían secuestrada a su nieta. Un agente (de uniforme azul) se adentró en la choza. Encontró a la niña, que ahora todos llamaban La Blanqui, entre la mugre y un colchón piojoso que compartía con otros siete drogatas. Estaba famélica y raquítica, y no atendía a razones. El colocón le había robado el pulso y sus latidos apenas se sintieron. Puso en práctica la RCP que tantas veces le habían explicado en la Academia, pero todo fue en vano (así que optó por hacerle tan solo el boca a boca). El oxígeno en sus pulmones la trajo de vuelta de un submundo agónico y paranormal. Abrió los ojos y reparó en aquel apuesto joven que tenía sobre su rostro, sintiendo un flechazo inmediato.

No puso objeción al montar en su (también azul) policial motocicleta e ingresó voluntariamente en un centro de desintoxicación que ella denominó como «Proyecto Hembra», pues a partir de aquello se propuso luchar por los derechos de las mujeres drogadictas, expulsadas de su hogar.

Rehabilitada del todo, escribió sobre aquellos recuerdos vividos en la chabola del arrabal. Era una historia sobre una huérfana, víctima del acoso de su madrastra. Allí conoció a siete enanos y fue envenenada por una abuela perversa. Lo escribió tras una gran ingesta de ansiolíticos, pero fue un gran Best Seller que le dio fama mundial.

Y colorín colorado, este cuento ha sido adulterado.