El Arcano

14 Ene 2021 | Relatos

Habían pasado tres semanas desde que empezó a recibir aquella extraña correspondencia. Veintiún días en los que los acontecimientos se fueron sucediendo de acuerdo a la figura que se incluía en cada sobre.

Primero fue una carta con «El Mundo». Fue ascendido a jefe de departamento por un proyecto que había presentado meses antes.

La segunda contenía una imagen con una rueda de madera, «La Rueda de la Fortuna». Todo giró en torno a la buena suerte. Un boleto de lotería premiado con el que canceló la hipoteca; la herencia de un tío que apenas conocía, y no había tenido descendencia directa, y una fuerte subida de las acciones en las que había invertido años atrás le llenaron la cuenta corriente de un largo número finalizado en varios ceros.

El tercer sobre con «La Justicia» llegó acompañado de una notificación del juzgado que le informaba de que la sentencia sobre un litigio que había durado varios años había sido favorable a su favor.

Con «El Carro», la emoción de una fiesta sorpresa preparada por sus amigos apenas le permitió reparar en que el cartero le entregaría, minutos después, «El Enamorado», el mismo día en que conoció a la mujer de su vida.

Y así, carta tras carta, arcano tras arcano, los veintiún días fueron transcurriendo mientras su destino sucedía tal y como marcaban los naipes. Pasó por alegrías, emociones, desequilibrios, tristezas, pasiones, rupturas, reflexiones, confusiones y templanzas. Y lo que en un principio comenzó con un palpable escepticismo, se fue tornando en una preocupación latente que se incrementaba a medida que el último arcano no terminaba de llegar.

Veintiún días, veintidós cartas. Faltaba una y lo sabía. No podía ser, aquello no debía ocurrir. Por más que se auto convencía de que todo lo sucedido en aquellas tres semanas era un juego macabro de algún psicópata que se dedicaba a enviarle puntualmente una carta del Tarot por correo, y lo acontecido después era pura coincidencia, la duda cobraba cada vez más fuerza, así que decidió burlar a su destino.

Hizo la maleta, vació su cuenta corriente y compró un billete sin retorno al sitio más lejano que el mapamundi indicaba. Tras varios vuelos y embarques en diferentes lanchas, llegó mirando el reloj con una sonrisa en los labios. Tenía la seguridad de que habían dado esquinazo a la providencia. No tardó en instalarse en un pequeño hotelito de la playa más lejana y menos conocida del planeta. Allí nadie lo encontraría.

Durmió, sintiéndose a salvo y, por la mañana, despertó palpándose el cuerpo y congratulándose de su sagaz e inteligente plan. Ya había concluido el tiempo establecido de aquel funesto juego. Respiró hondo, inhalando el yodo del mar que empapaba sus pulmones. Por fin aquella pesadilla había concluido. Tras un merecido descanso, y cuando se había olvidado del todo de aquel mal sueño, escuchó el sonido de unos nudillos golpeando la puerta. Extrañado, pues no había informado a nadie de su improvisado viaje, se dirigió a abrirla. Frente a él lo escudriñaba su propia figura con un sobre en la mano. Era él mismo al otro lado del umbral. Perplejo, lo tomó, casi adivinando el contenido del mensaje. Y, al rasgar el papel y ver el interior, un fuerte nudo se aferró a su brazo izquierdo, la respiración se entrecortó y se desmoronó mientras se veía a sí mismo observándose desde arriba.

Así lo encontró la señora que vino a limpiar: tendido en el suelo de aquella habitación del hotel más lejano que pudo encontrar, con el arcano de la muerte en la mano, en un diminuto país con el que había una diferencia horaria de veinticuatro horas.