El Beso Adictivo

21 Ene 2021 | Relatos

Fue un beso dulce, sin malicia. Un beso tranquilo, pero fue el primero de un torrente de besos que llegaron detrás.

Su lengua se tornó perversa y su cuerpo prohibido la abrazó cálidamente, pidiéndole que no le soltara, que se aferrara con fuerza. Él persistió comiéndosela a besos, mordiéndola ligeramente, oliendo su cuello, su pelo, mientras ella se sumergía en una suma de sensaciones que la abducían a una placentera dimensión.

Los encuentros fueron fortuitos, aunque intensos y, mientras que él contaba los días para volver a sentir su piel desnuda, ella sabía que aquello nunca debió de haber sucedido. Tenían que terminar cuanto antes.

Ella le aportaba ilusión, aquello en lo que había dejado de creer décadas atrás. Él a ella placer; nadie había sido capaz de llevarla a aquel lugar inimaginable de placer. Era dulce, pero intenso. Envolvente, pero profundo. Sin embargo, era peligroso y debía acabar cuanto antes.

—Ven a despedirte y no volvamos a vernos más— le dijo, tajante.
Y él aceptó, sumiso, aun sabiendo qué pasaría.

Se saborearon el uno dentro del otro, dejándose llevar por última vez. Él encontró de nuevo la forma de llevarla al éxtasis y succionó a grandes sorbos todo fluido que manaba de su cuerpo, saboreándola, deglutiéndola, asimilándola. Ella mientras volaba, tomándolo de la mano para llegar juntos muy alto, muy lejos, muy arriba.

—¿De verdad quieres dejarlo aquí? —preguntó él al recuperar el aliento.
— Sabes que es lo mejor, no me lo hagas más difícil —fueron sus últimas palabras.

Pero tras dos semanas, una rara debilidad la invadió por completo. Su piel traslucía sus venas, sus fuerzas flaquearon y no tardó en enfermar.

—Se trata de una enfermedad extraña que no podemos determinar —dictaminó el médico en el hospital.
No tenía anemia, las constantes vitales no se salían de los parámetros, sin embargo, la mujer se deterioraba a cada hora, incapaz de moverse, de comer, hasta casi de respirar.

— Pronto estarás bien —le susurró él al oído al visitarla en su cama—. Lo único que debes hacer es volver a besarme.
—No, te dije que nuestra relación ya no podía continuar —contestó boqueando— y tomé la decisión correcta.
—No me estás entendiendo: yo soy tu única salvación. Mis fluidos son los únicos que pueden curarte. Yo te he infectado y yo te salvaré. Mi saliva es tu droga, mi sudor, tu vitamina. Una vez mezcladas nuestras sangres, eres de mi posesión. Eres mía, para siempre. Y cuando te alejes de mí, por muy lejos que intentes huir, vendrás a buscarme para sobrevivir.

Entonces, aquel vampiro comenzó a devorarla muy despacio, introduciendo su lengua en la boca. Bajó por su cuello, su pecho, su estómago y finalmente su entrepierna. La acarició con dulzura, tomándola de la mano para volver a llevarla, poco a poco, al éxtasis absoluto. Y mientras se regocijaba de nuevo en aquel placer extrasensorial, dejó caer dos lágrimas por sus blancas mejillas. Esas mismas que, según pasaban los minutos, se volvían a sonrosar.