El Castigo

19 Nov 2020 | Relatos

Convertida en un vegetal, sentía sus últimos días descontarse del calendario. Su único hijo la visitaba cada domingo y era testigo de cómo esa cruel demencia, sin tregua, le carcomía el cerebro. No masticaba, el alimento lo absorbía a través de una pajita porque no contaba con más fuerza. Con la mirada congelada en la ventana, repetía palabras inconexas: «mala», «dolor», «castigo», y sus ojos vidriosos permanecían estáticos, atravesando la cristalera del salón de ocio, donde el resto de ancianos se encerraban en su propio mundo o jugaban a las cartas cuando no se sumergían en la televisión. «Mala», «odio», redundaba, caótica, a deshoras.

—¿Cómo estamos hoy? —le preguntaban a diario los cuidadores, tras masajear sus deterioradas extremidades. Y sus ojos suplicaban que la sacaran de allí, pero su boca, impotente, no coordinaba una frase razonable y contestaba: «mala», «castigo».

Era la única que conocía que su cerebro no estaba dañado. Solo ella entendía que su discapacidad no era mental sino física. Y era incapaz de advertirles que no existía demencia como tal. Tan solo ella era testigo de cómo, cada noche, la anciana de la habitación contigua entraba, furtiva, y le inyectaba un fármaco entre los dedos de los pies, allí donde no dejaba señal alguna, donde una finísima aguja pasaba inadvertida. Esas pequeñas dosis la inmovilizaban lentamente. Era su compañera, su verdugo implacable, la culpable de su tragedia, la que se sentaba al lado mientras la droga inflamaba sus venas y paralizaba sus sentidos. Y después, cuando la droga actuaba, comenzaba el verdadero martirio:

—Mala —le susurraba al oído—. Lo has sido siempre, una harpía.

Postrada boca arriba, miraba el techo mientras las lágrimas se derramaban hasta sus sienes. Después, una vez más, los músculos dejaban de responder justo en el momento en que parecían querer recobrar algo de estímulo. Así, resignada, se sometía a diario a aquel duro castigo.

— Mala gente. Gentuza. Lo has sido toda la vida. Una hija de la gran puta. Una zorra — repetía sin descanso en su oído—. Estás viviendo tu propio infierno antes de morir porque yo no te voy a dejar que descanses cuando estés muerta. Cuando te mueras, la humanidad se habrá librado de una sabandija asquerosa como tú. Víbora. Y después iré yo a seguir martirizándote por todo el daño que has causado.
Se adentraba en quimeras oscuras y siniestras pesadillas. Un sinfín de torturas mentales que le atormentaban durante la oscuridad de la noche. No le daba tregua ni paz a su estado mental y su cuerpo quedaba inerte, sin responder.

Día tras día, recibía la dosis para insensibilizar su organismo, impidiéndole ejercer cualquier nimio movimiento. Y tras la eterna jornada, las noches se convertían en el más temido momento, escuchando cómo su jueza, implacable, le relataba al oído lo odiosa que había sido.

Fueron meses de inyecciones nocturnas hasta deteriorarse hasta el día de su agonía final. Dejó de responder por completo, y apenas podía respirar. Sin embargo, su mente, que seguía sin daños, decidió dejarse llevar para abandonar aquel averno. Sintió al hijo tomándole su mano y ella, luchaba por transmitirle tan solo una palabra con las últimas fuerzas que brotaban de sus pulmones.

—Ella —emitió un susurro.

—No hables —sollozaba el heredero.

—Castigo —insistió.

Él silenció sus labios y acarició su frente. Después observó sus ojos al paralizarse y sus latidos doblegarse ante al efecto final de aquella sustancia. Y con el último resuello, reveló con gélido aliento:

— Cuñada.