El Cliente

20 May 2021 | Relatos

Eran las nueve y media pasadas y la mañana aún seguía congelada. Entró en el recién inaugurado bar, en el que se divisaba un churro bañado en una taza de chocolate como logo en el cristal. La mescolanza del olor a bollería y café recién molido era un cebo demasiado potente como para evitarlo.

Se sentó en uno de los taburetes giratorios pegado a la barra y pidió un café con un par de porras. La jornada sería larga y necesitaba calorías. Se quitó el abrigo, impoluto, se alisó la corbata y, fijándose en las pelusas de su pantalón, fue pinzándolas con dos dedos, muy despacio, para dejar el pantalón sin rastro de hebra textil que pudiera empañar su imagen.

Echó un vistazo al nuevo local y, como no vio nada interesante, terminó por alargar el brazo para alcanzar el diario que vivía alojado en una esquina de la barra. Lo hojeó mientras esperaba y, en un alarde de simpatía, le preguntó al camarero si había alguna novedad.

, lo de siempre, ya sabe… —contestó el barman con exquisita premura—.Que si la crisis, que si han pillao a otro alcalde untado con pasta de un constructor y lo pesaos que se están poniendo todos con la tía esa, la…la…la que ha denunciado que está embarazada del Presidente.

—¡Ah, sí! La rubia esa que está tremenda —contestó el cliente—. ¡Joder es que si hubiese sido yo…! ¡Qué quiere que le diga! ¡Se me iba a escapar a mí esa! Ahora, claro, que si le haces un bombo, la cagas del todo. Es que hay que ser idiota. A mí, me da que lo que busca esa es que la mantengan ya de por vida.

—¡Nos ha jorobado! —argumentó el del mandil—. Esa tiene la vida ya resuelta.

—Como otras muchas —afirmó con la boca llena—, que anda que no hay lagartas por ahí buscando quien las sustente, se lo digo yo, que no hago más que verlas de cerca, en el gimnasio. Voy todos los días porque si no, ya sabe…Las tías de hoy en día quieren mucha guerra —le dijo guiñándole un ojo—. Hay que cuidarse, aunque sea tarde y después de la oficina, ya me entiende.

El dueño del bar asintió, sin perder comba de aquel discurso.

—Y no digo que sean todas malas, ojo, que hay mujeres que son buenas. Mi madre por ejemplo —soltó una carcajada —, y esas otras que están pendientes del marido, de los niños, que tienen la casa como la patena, pero ¿el resto? Usted no sabe con las que yo trato. ¡Uf! ¡Unas casquivanas! Las tendría que ver en mi despacho, venga a provocar, con esos escotes, esas minifaldas, y claro, es que uno no es de piedra.

—Ya veo.

—Y para qué decirle si uno pretende tomarse una copa tranquila de vez en cuando con los amigos, que es que no hay manera… En fin, es lo que hay. ¡Habrá que cumplir! ¡Mujeres!

Ambos rieron y celebraron su reciente complicidad. Después, el uno continuó atendiendo al resto de los comensales y el preguntó cuánto se debía.

—Dos euros cincuenta, caballero.

—Le dejo tres y quédese con la vuelta. Volveré en breve. Muy buenas las porras y el café, de lujo.

— ¡A mandar!

Al salir por la puerta, se abrigó y miró su reloj de pulsera. Se le hacía tarde. Aún debía ir al mercado, volver a casa, preparar unas lentejas, hacer las camas, recoger los trastos tirados y pasar la aspiradora. Recogería a los niños a la una y por la tarde se dedicaría a planchar.

Era lo acordado con su mujer desde el día en que lo despidieron.