El Lugar Equivocado

7 Abr 2021 | Relatos

Buscó el timbre alrededor de la puerta, pero no supo localizarlo y llamó, inseguro, con los nudillos. Un instante más tarde, un hombre corpulento de pelo largo apareció al otro lado del umbral. Había imaginado que aquella puerta rechinaría al abrirse, sin embargo, la mudez de las bisagras le resultó insólita.

—Bienvenido —dijo el adonis.

—Perdón, no he encontrado el timbre y…

—No importa —contestó amable, e hizo un ademán para que entrara.

El varón, vestido con una holgada camisa y pantalón amplio, se movía relajado por todo el lugar. Le indicó que se sentara en una de las butacas, pero prefirió permanecer cautivado por el paisaje que se divisaba a través de una enorme ventana: una tersa manta de blanca de arena fina se fundía con un mar cristalino que lucía calmado, mientras el dócil vaivén de las olas lamía la orilla e irradiaba un efecto hipnótico.

—Creo que este no es mi sitio —murmuró, apesadumbrado. Respiró con intensidad para aflojar los nervios y se impregnó los pulmones de una ligera esencia de jazmín. Aprovechó cuando el hombre había desaparecido para revisarse las marcas de sudor de las axilas y comprobó con sorpresa que los cercos habían desaparecido. Después, se sentó en el asiento indicado sin apartar la vista del paisaje.

Tras unos minutos de paz absoluta, sintió una potente presencia que se acercaba con sigilo. Era una mujer exótica, de rostro extraño: rasgos africanos, pero piel caucásica; ojos claros, aunque algo rasgados. Su atuendo era similar al hombre de la puerta y perfeccionaba su imagen una oscura trenza que se balanceaba entre sus curvas con cada movimiento. Aquella curiosa mezcla le atrajo más que el vaivén del océano.

—Hola, Juan. Te estábamos esperando. —Sonrió y le tendió una cálida mano.

Él asintió y extendió la suya, que se tornó temblorosa otra vez.

—Gracias por el recibimiento, pero creo que estoy en el lugar equivocado.

—¿Eso piensas? Yo creo que estás donde tienes que estar —replicó con voz delicada.

Juan no la soltó. Se aferró a esa calma que le transmitía aquella extraordinaria mujer, sin embargo, algo más tarde, se sorprendió al ver que había liberado su mano minutos antes.

—¿Me acompañas? —le invitó.

Bajaron por unas infinitas escaleras en forma de caracol. Ella se deslizaba casi volátil, siempre por delante de su huésped, y eso le permitió a él deducir al trasluz su esbelta figura. «Está buena», pensó, olvidándose por un momento del lugar donde se encontraba. «Lástima que yo esté aquí de paso».

—No estás de paso —expresó ella sin girarse.

—¡Perdón! —se ruborizó—. ¿He llegado a hablar o es que eres capaz de leer mis pensamientos?

—Juan, por favor…—articuló entre carcajadas—. ¿Es que aún no sabes quién soy?

Los peldaños acabaron en una gran sala de luz envolvente. Estaba repleta y la gente se divertía. Unos bailaban con brazos abiertos, giraban sobre su propio eje, se agitaban con suavidad; otros charlaban, animados, sin reparar en la presencia del recién llegado. A Juan le pareció estar en un sanatorio mental aunque, al observar la imagen de unas notas musicales envolviendo a la multitud, entendió el bienestar y el júbilo colectivo. Al fondo, regía una barra de bar y, en la pared, una enorme vidriera que mostraba la fauna marina sumergida en ese mar bamboleante de la playa, metros arriba. Su anfitriona paso tras la barra y alargó un brazo para tomar dos copas. Buscó una botella y giró el tapón:

—Es sin alcohol —le aclaró al ver su atónita mirada—. Tengo cosas que hacer después de atenderte. ¿Qué te apetece beber?

—Nada, agua… o bueno, mejor algo fuerte.

—¿Un vodka será suficiente o prefieres un tequila?

—Me da lo mismo, total…, estoy dispuesto a asumir lo que venga después. Ya nada puede ir a peor.

Ella sonrió y mostró un hoyuelo en cada mejilla. Le resultó arrebatadora y pensó que quizá, en otra situación, le hubiese gustado conquistarla.

—Lo cierto es que ya nada puede ir a más. Veamos, Juan, ¿dónde te crees que estás?

—Hombre… esto parece el cielo y sé que no me corresponde. Al hacer la transición, me indicaron que siguiera un túnel, pero me he debido equivocar.

Ella lo miró, paciente.

—Claro que no es el cielo.

—¿Entonces? ¿El limbo?

—Tampoco. Ni es el cielo, ni es el infierno, como tampoco es el limbo, porque como tal, ninguno existe.

Juan dudó:

—No existen, claro. ¡Estúpidas religiones! Todo era producto de la gran mentira que nos han contado…—masculló con cierto alivio—. Y tú, deduzco que tampoco eres un ser etéreo, un alma pura, una Virgen o quizás, ¿un ángel?

—Bueno, yo soy, humildemente, la dueña, el ejecutor, la responsable, el que establece, la que regula, el protector de todo este tinglado.

—¿Humildemente? No… ¡si ahora me vas a decir que eres el mismísimo Dios! —rio.

—Bueno, lo cierto es que así es.

—¿En serio? —se carcajeó— ¡Y yo que te imaginaba con barba y enorme!

—Si lo prefieres puedo tomar ese aspecto, pero lo dejo para gente devota, ya sabes: curas, monjas, personas que no faltan un solo domingo a misa… La decepción sería tremenda si tomo el mismo aspecto que tengo ahora.

—Ahora entiendo esa mezcla de razas que llevas en la cara.

—He querido mostrarme de una manera más acorde a tus gustos, puesto que al igual que para esa gente soy barbudo, gordo y canoso, para ti, que nunca has tenido fe y que lo único que has demostrado en vida era tu obsesión por las mujeres, quizás la sorpresa fuese más agradable.

—¡Pues lo has conseguido!—Juan la miraba boquiabierto—. ¿Entonces qué? ¿Por dónde empiezo? ¿Tengo que darte cuentas a ti de lo que he hecho mal en vida y arrepentirme o me bajo ya directamente a ver a tu contrario?

—Ay, Juan, ¡que no te enteras! ¡Que no hay infierno! ¿Cómo voy yo a crear un infierno si ya vienes de allí?

Él negó con la cabeza, incapaz de asumir lo que estaba escuchando.

—Voy a tratar de explicártelo para que tú lo entiendas —continuó la Dios-mujer—: ¿no crees que sentir dolor físico o psicológico es más que suficiente como castigo en vida? ¿No ves que lo que sufrís por enfermedades que os van matando poco a poco es el mismísimo infierno? Ese es el mayor abismo: la vida. Y ahora, ya acabó todo. Terminaste de vivirlo y lo que viene a partir de ahora es encontrarte con tu esencia, con tu ser, solo sintiendo paz, amor, placer y esas cosas que tanto ansiabais en vida.

—¿Y qué pasa con aquellos que no han sufrido, que su vida ha sido un bálsamo? ¿Esos que nunca lo han pasado mal; aquellos que sí han sido tremendamente felices, que son supermillonarios o han estado siempre sanos? —continuó intentando encajarlo.

—No te dejes influir por las apariencias. Muchos de ellos son tan pobres de espíritu que ni se han dado cuenta de lo infelices que son, pero tarde o temprano comenzarán a padecer, y lo que a ti te parece bueno, a ellos les parece mediocre. Por supuesto, tenéis que tener momentos de felicidad en vida. Ya procuro yo que sean largas temporadas. Debéis de aprender a valorar lo bueno para que, cuando llegue lo malo, el sufrimiento sea mayor, echando de menos la salud, la paz, el amor, la estabilidad económica, la rutina que os mantiene equilibrados; una casa en la que cobijaros, no pasar penurias, no sufrir una guerra, etcétera. Si sufrieseis perpetuamente por no tener esas dosis de bienestar, adoptaríais ese modo de vida y os acostumbraríais. El ser humano es capaz de acostumbrarse a todo y así no tendríais la referencia para ansiar lo bueno. Tenéis que tener disfrutar de una felicidad plena para que, al arrebatárosla, sufráis ansiando volver a tenerla.

—Pero, ¿cómo has consentido que nos engañaran de ese modo?— cuestionó con reproche.

—¿Quiénes? ¿La Iglesia? ¿Las religiones? ¿Los medios de comunicación? Son parte de la represión a la que tenéis que someteros. Tenemos que frenaros, controlaros, hacer que tengáis remordimientos. Debéis sentiros culpables, auto castigaros, envidiaros entre vosotros, detestaros. Para que lo entiendas mejor: acojonaros.

Por un momento dudó de si lo que más le impresionaba de estar hablando con Dios era su aspecto de tía buena o ese lenguaje tan espontáneo que parecía salir de la boca de cualquier compañero de trabajo. Siempre que se había cuestionado su existencia (las pocas veces que lo hizo en vida) lo había imaginado utilizando un dialecto cervantino, con palabras solemnes, rotundas e imponiendo sentencia con cada frase.

—¿Y qué pasa con aquellos que matan a los demás, los que violan, los que hacen auténticas barbaridades y después continúan como si nada, sin ser castigados tras cometer esos delitos tan atroces?

Ella asintió, confirmando que esperaba esa pregunta.

—Esos son las herramientas de mi contrario para ejecutar vuestro sufrimiento. ¿Qué mayor castigo que la muerte de un hijo? ¿Qué hay peor que el asesinato de un ser querido? El dolor es irreparable y es en vida donde se sufre.

Por fin Juan confirmó:

—Ahora lo entiendo todo. Me he hartado de despotricar sobre ti, viendo cómo permitías tanta tragedia. No llegué a entender cómo te resignabas a que la gente muriese en atentados terribles, sufrieran cánceres eternos o que el ser humano fuera capaz de ejecutar tal nivel de depravación.

—Eso no es cosa mía. Soy consciente de lo que acontece en vida, no te lo voy a negar, pero no soy la responsable de esas desgracias. Eso es cosa de la otra, de la que os maneja, la reina de vuestras almas en la vida terrenal. Es mi hermana o mi hermano, tan híbrida o hermafrodita como lo pueda ser yo. Las normas son así —continuó—: ella os mantiene en vida a base de pequeños o grandes castigos, y una vez finalizada su diversión, pasáis a mi custodia. Aquí se acabó el martirio y es donde empieza la recompensa.

Juan tragó saliva y se dejó caer en el taburete.

—Y ahora que ya lo sabes todo, desabróchate el botón de la camisa, quítate la corbata y dime ya de una vez: ¿qué vas a beber?