Empanada Navideña

17 Dic 2020 | Relatos

Atontada y moqueando, avanzas con tu carro del supermercado sin saber a ciencia cierta si es debido al cansancio, a alguna pastilla que alivie los síntomas del resfriado o a los mocos que residen en algún lugar recóndito de tu cerebro mezclándose con la masa gris.

Al llegar a la entrada, cruzas las puertas de seguridad y, voilá!, ¡oh, sorpresa!, le han lavado la cara al sitio dando un ambiente de falso glamour —carteles en negro y triplicando los precios—, han envasado las frutas y han cambiado de ubicación todos y cada uno de los productos (olé).

Aquel producto del que ya conocías la ubicación de memoria (pasillo 4, estante 3); si tenía mejor o peor calidad, más caro o más barato o si el recipiente albergaba más cantidad con respecto a la competencia, ahora ya no está ahí, ahora te lo han puesto en otro pasillo que es diagonal e inversamente proporcional a tus ganas de redescubrir todo el centro comercial, embotada, arrastrando los pies y con el único propósito de llegar a casa cuanto antes.

Sorteas el pescado, las leches y los encurtidos, y te cruzas con la gente que va a contracorriente empujando carros azules, rojos, carros altos, bajos o más rápidos que el tuyo. Te planteas muy seriamente si vas borracha, pero no te queda muy claro en qué momento del día has bebido. Ese calor estático te empieza a molestar. Sudas con el abrigo pegado al cuerpo (¿tendré fiebre?), dudas de si al quitártelo te vas a resfriar. Las suelas de los zapatos casi se funden con la plataforma plástica del suelo y, cuando crees que no es para tanto y que lo puedes sobrellevar llega lo peor: (¡oh, socorro!) ¡No puede ser! ¡Sí, son ellos! ¡Ahí están! ¡Son los villancicos! (Riqui-riqui-rá, riqui-riqui-ró.) El ritmo de las zambombas comienzan a taladrarte el cerebelo y los pinchazos se acompasan al ritmo de un coro infantil (hacia Belén va una burra rin-rin…).

Intentas concentrarte (¿dónde pueden haber metido el último apunte de la lista de la compra? Venga, aguanta, que ya queda poco). Te pones de puntillas porque alta, lo que se dice muy alta no eres y no ves los carteles que anuncian el contenido de cada pasillo. Te parece que el tamaño de las letras ahora es más pequeño o quizás están borrosas. Piensas que ya es hora de pasar por la óptica a ver si necesitas gafas. La gente pulula, te empuja, te cabreas y sigues buscando lo último que te queda y, de pronto, miras dentro del carro y te quedas absorta al percatarte del contenido que hay dentro. Es cuando alucinas y te das cuenta de que llevas paseando tres cuartos de hora una Black & Decker último modelo, una bolsa de mandarinas y varios paquetes de pañales (¿pañales? ¿Desde cuándo tengo yo incontinencia?) Entras en pánico. Sudas, luego tiritas (yo me remendaba, yo me remendé) y por fin un esbozo de raciocinio te indica que eso que llevas empujando un buen rato no es tu carro de la compra sino otro. (¡Dios mío! ¿Y mi carro? ¿Mi carro me lo robaron?). Quizá además de la vista deberías revisarte las neuronas. Estás fatal, pero de la cabeza. Quieres salir de allí como sea, pero tienes muy en cuenta que no hay nada para cenar y tienes un adolescente con hambre felina que alimentar en casa. Cuanto antes acabes, antes pillas la posición horizontal, esa que por la mañana nunca debiste abandonar.

Sueltas el carro ajeno con asco, abandonándolo a su suerte. Lo visualizas como un bebé en un canasto que es arrastrado por la corriente. Le das la espalda, no eres la responsable, no le estás traicionando, omites cualquier sentimiento de culpa. Entonces te centras en la búsqueda de tu carro. Ruegas a San Consumismo, dios del capitalismo, que no te castigue y nadie se haya llevado tu compra. Te dan ganas de ir al punto de encuentro o a la Policía, ya puestos, por ver si lo han localizado. Podrían llamarlo por megafonía, como a un niño extraviado. Maldices renegando de ti misma y comienzas a deshacer el camino inicial al intentar recordar por dónde has pasado (campana sobre campaaaana). Socorro, no puedes más. Te falta silbar, llamarlo como a un perrillo. (Señores creativos, ingenieros e inventores: ¿para cuándo un GPS de carros de supermercados que se sincronicen con nuestros móviles?).

Recorres pasillos y recovecos, estanterías y repisas y, cuando asumías que a alguien muy vago le ha encantado la selección de tus productos y se ha apropiado de tu carro perdido, doblas la esquina y lo ves. Ahí está: solito y abandonado, esperándote al ralentí, obediente y pegado a una columna donde lo habías aparcado (fun, fun, fun).

Te falta abrazarlo para después regañarlo, sujetarlo por la barra y amonestarlo por no haber estado atento a tus pasos. Sin embargo callas, disimulando, y lo miras con cariño en espera de su cómplice silencio, no vaya a ser que alguna cámara indiscreta se hubiera fijado en ti, en el carro de la Black & Decker y en tu empanada navideña aderezada del traqueteo de panderetas y el ritmo incansable de ese sonido que pertenece, indudablemente, a una botella de Anís del Mono (chim-pón).