La Caricia Invisible

12 Nov 2020 | Relatos

Me desperté entumecida, sobresaltada por los truenos, en medio de una húmeda noche de otoño, ese mismo que había tardado tanto en llegar. Y lo hizo colándose por las sábanas, culebreando entre la ropa nocturna. Sentí frío y, orientándome con el tenue resplandor que entraba por la ventana, buceé por la oscuridad hasta encontrar la silla donde reposaba una manta. Palpé el suave textil con los ojos apenas abiertos y lo abracé tal que se abraza a un peluche mullido o a una gran almohada. Fue entonces cuando sentí una presencia inmersa en la penumbra. Era una respiración liviana que me hizo desconfiar de mis propios oídos. Dudé de si sería el ronquido de algún vecino o era un mero producto de mi imaginación. Incluso acallé mis pulmones para diferenciar mi propio resuello de aquello que parecía respirar justo a mi lado. No se reveló nada a cambio y el silencio se fundió con las gotas de lluvia que golpeaban el cristal.

Al volver a la cama, desplegué la manta y me cobijé bajo su peso. Mis músculos se relajaron y la rigidez de mi cuerpo cedió, permitiendo que un cálido sopor me envolviera. Reposé el peso de mi cuerpo sobre el colchón; aflojé mis párpados y busqué el vértice del último sueño en mi memoria para tirar de él y continuarlo. Mi respiración se aletargó. Inspiré y expulsé el aire que me rodeaba y, cuando estuve a punto de reconciliarme con el descanso, volví a escuchar aquel tímido jadeo, pero ahora pegado a mí.

Abrí los ojos, alerta, buscando sin saber qué en el negro espacio, convencida de que a mi lado había alguien y, con el corazón desbocado, encendí la luz. Todo estaba en orden: la foto de mi novio reposaba sobre el aparador, varios libros apilados descansaban en la mesilla y el resto de muebles figuraban tal y como solían estar. Apagué de nuevo, llegando a la conclusión de que estaba volviéndome loca, y traté de dormir con más empeño que antes. Insistí en relajarme, para llegar al mismo punto de hacía unos minutos, donde me acurrucaba cómodamente y me dejaba caer al abismo del sueño. Inspiré, exhalé… y entonces noté una leve caricia sobre mis pies que subía hacia los tobillos. Conjeturé que podría ser el calor de la manta o mi piel que, al templarse, cosquilleaba, pero la realidad se ceñía a que un leve roce que cobraba más fuerza subía ahora por mis piernas. Era un tacto reconfortante, como el de una pluma templada, una brisa dulce que se colaba por debajo de mi ropa. Curiosamente, mi vello se fue erizando al paso de aquella sensación misteriosa que, poco a poco, me iba invadiendo.

Accioné de nuevo el interruptor y retiré la sábana con una fuerte sacudida. Quizás fuera algún insecto que reptaba sobre mi piel, sin embargo no hallé nada. Mis piernas, enredadas entre las sábanas, no mostraban señal de picaduras ni irritación. Apagué la bombilla asumiendo mi paranoia y, enfadada conmigo misma, decidí mentalizarme para descansar de verdad. Pero al relajarme otra vez, mi vello se irguió al notar nuevamente aquel tacto que ahora se ubicaba entre mis muslos. Esta vez permanecí muy quieta y concentré mis sentidos en aquella caricia invisible: era un dulce roce que se apropiaba de mis poros, una mano oculta que me exploraba despacio. Me pareció sentí su calor. Cerré los ojos y advertí su ascenso hasta dar con mi pecho, cuando estallaron los botones del camisón. Perpleja, tanteé a mi alrededor, pero fue en vano. No había nada ni nadie sobre mí y aquello continuaba paseándose de arriba abajo por todo mi cuerpo. Se adueñó también de mi pulso que latía al ritmo que él decidía. Se afincó en mi cuello y una ligera succión generó una inmensa oleada de placer que me impulsó a abrir las piernas, sin poder gobernarlas. Aquel suave tacto se convirtió en un intenso manoseo que me incitó a dejarme hacer.

Sentí mi pecho endurecerse y cómo el calor invadió mi entrepierna. Algo que no alcanzaba a entender no tardó en resbalarse y entrar dentro de mí. Pensé que aquello no podía estar sucediendo, tenía que ser fruto de mi imaginación. Algo incomprensible se había apoderado por completo de mi cuerpo y también de mi mente. Mis caderas, desobedientes, se acompasaron con aquello que me estaba poseyendo, y mi respiración, agitada, se convirtió en jadeos ansiosos que culminaron en un éxtasis expandido por todo mi ser.

Después, todo acabó. Continué atenta por si había algo más, pero el silencio acaparó toda la casa. La lluvia había cesado y el vecindario dormía. Empapada en sudor, encendí la luz y volví a abrir la cama: allí seguían mis piernas abiertas, mojadas y temblorosas. Recuperé el ritmo normal de mi aliento, y tras tener la certeza de que ahora sí estaba sola, apagué la luz.

Sonó el despertador por la mañana y, una vez en la ducha, lo recordé como un sueño intenso. Era imposible que fuese real. Seguramente sería sonámbula y asumí que si se repetía tendría que ir al médico. Al volver a mi cuarto, sentí un pinchazo en la planta de un pie. Acababa de pisar un cristal. Era el vidrio roto del marco que contenía la foto de mi novio. Yacía en el suelo, boca abajo y hecho pedazos. Sobrecogida, fui a curarme con prisa y, tras desinfectarme, vi mi propio reflejo en el espejo. Estaba ojerosa y confusa, aunque la piel rebosaba vitalidad y tersura. Y más abajo, justo en el cuello, un enorme y negruzco chupetón.