La Inauguración

4 Feb 2021 | Relatos

Llevaban meses esperando a que la nueva delegación se vistiera de gala tras las interminables obras. El edificio se había convertido en un ejemplo de modernidad, el no va más no solo a nivel tecnológico sino también a nivel ambiental. Pantallas informativas mostraban el número de usuarios que esperaban en la sala; el tiempo de espera previsto por cada puesto de atención y un buen número de funcionarios estudiando cada caso con exquisitos modales. Eran todos súper amables, con preparación específica, y listos para esbozar una enorme sonrisa y calmar así al protestante. Varias máquinas de café, refrescos, sándwiches, un guardia de seguridad entrenado en artes marciales, aunque delicado en sus ademanes, otorgaban una atmósfera nada cargante con, además, una temperatura ideal. Incluso el hilo musical se alejaba mucho del típico piano claydermaniano o del saxo de Kenny G que tanto podía irritar.

El lugar era lo más opuesto en cuanto a su cometido. Había una pequeña televisión que emitía una serie de programas cómicos para que el visitante pudiese disipar a la incertidumbre de sus pensamientos. Los auriculares, de un solo uso, se adquirían libremente en una urna bajo la pantalla y una fuente de agua mineral se brindaba gratuitamente a todo aquel que quisiera hidratarse. Lo tenían todo estudiado para suavizar y gestionar un incómodo trámite de la mejor manera posible. Al menos saldrían de allí contentos, aún sin entender bien el porqué.

Por fin llegó el día de la inauguración. A la hora prevista, el más elegante equipo de funcionarios se preparó en sus puestos, listos para recibir a la comitiva. El director de la delegación y sus subordinados esperaban en la puerta. El último tirón de sus trajes evitaba que alguna arruga aflorase en la foto. Los periodistas, apelotonados enfrente, tenían listas las cámaras mientras los redactores calentaban sus bolígrafos para tomar nota en pequeños cuadernos. Mientras tanto, en la retaguardia del edificio, el equipo de limpieza y mantenimiento, de monos radiantes y batas impolutas, se mantenían alerta por si surgía algún percance.

Llegó la escolta. Tres motos de policía dirigían la marcha y otras tres cubrían la espalda del último coche protocolario. La ministra, dentro del coche, esperó a que un bedel uniformado le abriese la puerta. Clavó sus tacones en la alfombra roja y comenzó a sacudir manos, repartir besos y posar ante las cámaras a golpe de flases. Le mostraron su propio maletín al pasar por un moderno detector de armas y fingió prestar atención a las explicaciones de los guardias sobre su funcionamiento. Sonrió, afectuosa, y pasó a la sala principal para saludar con cordialidad a todos y cada uno de los empleados. Le mostraron cada puesto de trabajo, el mobiliario, las oficinas, los sistemas de comunicación… Comprimió manos, dio abrazos y recogió un enorme ramo de flores que le otorgaron al inicio de la charla. Contuvo un bostezo, mientras el director se alargaba en su discurso ceremonial, y cuando fue su turno trató de ser escueta y directa, sin dejar de alabar la gestión, la elaboración así como la financiación del proyecto. Todos eran buenos, todos eran guapos y estaban muy contentos.

Y para finalizar aquel acto, tan solo quedaba descorrer la cortina donde una placa de mármol carísimo mostraba su nombre y el de la sede, el año de fundación y un sinfín de agradecimientos. Solo debía tirar de la cuerda y mostrar a los periodistas la inscripción, su blanca sonrisa y volver al coche oficial para acabar con otra parafernalia que mejoraba su imagen. Los votos del contribuyente era lo único que importaba.

Los fotógrafos dirigieron sus objetivos, los redactores apuntaban a toda prisa, entonces tomó la suave borla que colgaba de la cuerda de seda rizada. Asintió, mirando a la prensa, para avisarlos del momento y tiró. Una gran inscripción mencionaba el lugar, su cargo plenipotenciario y la fecha del día, pero justo en una esquina, una pequeña luz inició un parpadeo rojo acompañado de un suave pitido. La ministra llevó allí su mirada, los guardaespaldas, atónitos, se abalanzaron sobre ella, viendo a la gente correr.

La explosión derrumbó la mitad del inmueble y parte del edificio de enfrente. Tan solo la parte trasera quedó casi intacta. Los de mantenimiento y limpieza apenas sufrieron un ligero rasguño, viéndose impotentes al no ser capaces de auxiliar al resto del gran incendio.

Horas más tarde, cuando en pleno inventario de los allí presentes, se localizó una bata alojada en un cubo de basura. Era la de una limpiadora que curiosamente decía ser su primer día de trabajo. Nadie la había visto antes. Ninguno la conocía. Tampoco encontraron su cuerpo bajo cientos de escombros y no pudieron dar cuenta de su nombre en la lista de difuntos.

El Gobierno ordenó tres días de luto oficial. Las banderas ondearon a media asta y los pobres ciudadanos se consternaron por aquel suceso, por aquellos trabajadores, por la ministra y su comitiva y porque Hacienda somos todos.