La Nueva

Oct 4, 2020 | Relatos

La nueva directora observaba por encima de sus gafas a los subordinados. Sabía que la empresa necesitaba una buena transformación. La gente era perezosa por naturaleza y aún más en aquel sitio debido a la desidia de sus gestores que habían trabajado sin presión, año tras año. Tan solo necesitó unos días para cansarse de escuchar el mismo eslogan: ‹‹Yo, que llevo aquí veinte años››, ‹‹En mis treinta años de carrera profesional…››, ‹‹A mí me van a decir cómo proceder con…›› ¡Como si el hecho de llevar trabajando treinta años en el mismo sitio fuese un salvoconducto!

Una nueva etapa había comenzado desde el momento en que ella puso los pies en el frío mármol del edificio. Gestionaría una buena tanda de despidos. Algunos serían buscados por ellos mismos, estaba convencida. Contrataría personal joven, con poco sueldo y manipulable, y depuraría de trabajadores obsoletos la plantilla.

«¡Los viejos al paro! ¡Esto no es una O.N.G.!», cavilaba sin escrúpulos. Y así lo hizo: despidió a casi la totalidad del padrón de aquella entidad empezando por su propia secretaria, una vieja chismosa a quien no le quedaba demasiado por jubilarse. Aborrecía la imagen que transmitía al cliente. Decía que era una maruja poco agraciada que destilaba efluvios de guisos recalentados.

Sustituyó también al resto de la administración, pues consideraba que era una panda de vagos. El siguiente paso sería cambiar a los operarios: a los más antiguos les imputaría retrasos, falta de productividad y lo que fuera necesario para hacer procedentes sus despidos. Tan solo conservó a tres trabajadores: a la joven recepcionista, quien había entrado hacía pocos meses; al jardinero sesentón, con el que apenas se cruzaba y al cocinero jefe, un negro cubano afincado en España desde hacía varios años.

Dubitativa, Maribel, la recepcionista, quería pasar una llamada a su flamante directiva. Aún no sabía cómo tratar a aquel demonio femenino que tan pronto le gritaba por teléfono como la ignoraba presencialmente. Era una especie de sádica que disfrutaba alterando el ambiente a su alrededor, nada que ver con su exjefe. Flaco favor les había hecho al delegar en su mujer el gobierno de la empresa. Él había sido un buen líder, una magnífica persona y ahora el perfecto presidente, sin embargo, otorgarle todo el control a su mujer se había convertido en su peor gestión.

—Tengo al teléfono al señor García —informó indecisa la recepcionista.
—Pásemelo —ordenó soberbia. Pero justo en ese momento un mensajero llamó a la puerta y Maribel se demoró dos fracciones de segundo más de lo habitual en transferir la llamada.
—¿A qué espera, señorita? ¡Qué falta de profesionalidad! —protestó, histérica.

En cuanto la directora se acercaba a su mesa, Maribel sentía sus músculos tensándose como piedras. Le complicaba la vida intencionadamente cambiándole las frases a las cartas ya impresas o pidiéndole un informe minutos antes de marcharse. Lo hacía con todos. Quería imponer el terrorismo profesional, el despotismo jerárquico. Pensaba que de ese modo generaría más productividad. Así le demostraría a su marido que estaba más que capacitada para administrar aquel antro ella sola. En el fondo, todo era parte de un plan: él le cedería la empresa una vez corroborado que su gestión generaba beneficios y, después, le pediría el divorcio y con sus acciones.

Día a día, Maribel observaba desde su isla el vaivén de ejecutivos que entraban en el despacho de la nueva jefa. Nunca salían indiferentes. Algunos salían con ojos llorosos, otros lucían pálidos, desencajados. Únicamente se relajaban a la hora de comer, mientras cuchicheaban sobre el mismo rumor de siempre: no entendían cómo había tres personas que conservaban aún su puesto de trabajo. A Maribel le amparaba su juventud y sus pocos meses en plantilla; el jardinero pasaba el tiempo cortando setos, regando árboles y plantando flores sin cruzarse con la directora. Seguramente, ni habría reparado en su existencia. Sin embargo el gran enigma era el cubano, aunque tras varios debates, llegaron a la conclusión de que su exquisito criterio preparando los menús le otorgaba el salvoconducto.

Una tarde de verano, Maribel corregía por quinta vez el mismo documento. Eran cerca de las nueve y apenas quedaba un alma en la oficina cuando el timbre de la entrada entorpeció su concentración. Al ver al jardinero tras la puerta de cristal, la joven pulsó el botón dándole paso.

— Vengo a ver a la jefa —anunció el veterano enfundado en su húmedo mono azul.
—¿Tienes cita?
— No la necesito. Tú dile que estoy aquí—señaló con rotunda seguridad.

Vacilante, Maribel accionó el interfono:
—Señora Beltrán, está aquí… Guzmán, el jardinero —hizo una pausa—. Dice que quiere verla —pareció preguntar.

Un denso silencio se hizo notable exagerándose aún más debido al rumor del aire acondicionado.
—Dígale que pase —contestó con su habitual aspereza.

Guzmán asintió levemente y desapareció tras la puerta del despacho.

La recepcionista volvió a centrarse en aquel dichoso escrito y, cuando lo dio por concluido, lo imprimió, apagó el ordenador y recogió su escritorio apresuradamente. Pero al recoger la hoja de la impresora notó su bolso deslizarse por su hombro y cayó sobre el interfono dejando escapar la conversación que había en el despacho de su jefa:

— El dinero que recibí me ha durado bastante poco —aseguraba el hombre—. Tengo dos hijos en la universidad, ya sabe…

Maribel, desconcertada, sintió sus piernas flaquear y buscó asiento. El corazón le golpeó fuerte dentro del pecho, pinchándole también las sienes.
—Ya te di una cantidad considerable. No voy a tolerar que me sometas a más chantajes.
—En ese caso, no tendré más remedio que enviarle a su marido el vídeo que grabé con mi móvil cuando estaba regando. Ese donde se ve cómo se beneficia al cubano en esta misma mesa de escritorio —concluyó, sagaz.
— ¡Rata de cloaca! —maldijo la jefa escupiendo pequeñas gotas envenenadas—. Aquí tienes otro cheque de cinco mil euros.
Guzmán inspeccionó el cheque y, una vez satisfecho, adoptó nuevamente el rol de trabajador leal:
—Muchas gracias, jefa.

Sin embargo, antes salir se giró despacio, volvió a la mesa y acercándose le susurró:
— Una cosita, señora. No sé si se ha dado cuenta de que el interfono está en rojo. —Señaló el aparato—. Yo creo que ya va siendo hora de ir ascendiendo a Maribel, la recepcionista. ¿No le parece? —Y al salir del despacho, vio a una lívida Maribel que permanecía estupefacta. Sonrió y elevó los hombros y al cerrar la puerta, le guiñó un ojo.