Navidad Justiciera

10 Dic 2020 | Relatos

Llevaba una década maldiciendo a todos y cada uno de sus compañeros. La habían ignorado desde el primer día en que puso el pie en aquella oficina. Ni uno solo se había acercado alguna vez para comer juntos ni había recibido una triste invitación para tomar un café. Las banales charlas en el ascensor se sustituían por un silencio pétreo en el momento en que ella entraba. Las conversaciones se interrumpían y los corrillos se disolvían para volver, raudos, a retomar sus tareas disimulando en vano su hostilidad hacia ella. Podría deberse a su aspecto estrafalario, su pelo enredado y grasiento, junto a esa estrábica forma de mirarlos, aunque el olor a naftalina que desprendía su ropa o esa falta de higiene que se le suponía ayudaba a no ser incluida en los eventos sociales, lo que generaba que cada día se mostrara más antipática, menos cordial y más desagradable.

Aquel año, decidió no ir a la cena de empresa por Navidad. Ya no soportaba ver sus caras felices, rebosantes de correctores faciales y maquillajes perfectos; todos ellos perfumados en colonias caras y trajes elegidos para el momento. Las veces que había asistido, acababa sentada en una mesa vacía, bebiendo los restos de alcohol que quedaban en cada botella, mientras el resto bailaba y la miraba de lejos por encima del hombro con una sibilina sonrisa. Esta vez no iría. Se quedaría en casa, acariciando a su rollizo gato, masticando con la boca abierta las innumerables pizzas que iba a pedir y eructando sin pudor el gas de la cerveza ingerida… o eso argumentaba.

Y mientras tanto, en el restaurante, sus compañeros se saludarían estampándose en las mejillas los besos de rojo carmín, las fotos se compartirían entre los móviles mostrándose alegres y divertidos al tiempo que se alabarían los unos a los otros por el atuendo escogido para la ocasión. Además, se vanagloriarían de que no hubiese aparecido nadie ajeno a la común camaradería, de que ningún intruso pudiera enturbiar aquel momento.

Y llegados al brindis, se les serviría una copa de cava que una espectacular azafata, bandeja en mano, repartiría entre los asistentes. Voluptuosa, la mujer se deslizaría entre los invitados, cautivándolos a su paso. Desde el presidente hasta el mensajero detendrían el discurso, las carcajadas o los chistes para deleitarse ante el espectáculo de aquella divinidad uniformada de camarera y comentarían entre risas lo lamentable de no haberla contratado para hacer un pase de lencería. Ella les devolvería la atención con una cálida sonrisa, en especial cuando los viese, mano en el vientre, replegándose sobre su cuerpo para caer como castañas maduras que se endurecen y resquebrajan al golpearse contra el suelo. De esa manera, cuando el equipo médico diese por fallecidos a los ciento sesenta invitados, la mujer, en el vestuario, sustituiría el sensual y erótico atuendo por varias capas de trapos hediondos; se enredaría de nuevo el pelo y volvería a colocarse las lentillas estrábicas que tan bien camuflaban su azulado iris.

Ella no era la culpable de haber nacido tan bella. Eran demasiados años soportando su propia hermosura, esa beldad que perturbó su mente, enajenándola por completo y provocando que, día tras día, se ataviara con aquel extravagante y asocial disfraz. Así detectaba quién estaba interesado en su persona y quién tan solo en su aspecto, pero de momento, no lograba su objetivo.

En aquella cena, no quedó nadie con vida, pero aún le perduraba la esperanza de que en la siguiente empresa alguien demostrara interés en conocerla por dentro y que no se fijara en la falsa repugnancia que desprendía. Solo había que apreciarla como persona. No era tan difícil.

Seguro que en la próxima alguno lograba sobrevivir (o quizás no).