Pacto de Silencio

3 Dic 2020 | Relatos

En aquella gran mesa, brindaron y alzaron sus copas, pero justo en el momento en que el cristal se rozó, un imperceptible destello emitió una pequeña onda que provocó una repentina insonorización del ambiente.

Miraron a su alrededor, asombrados al ver al resto, inmóvil. El maître, en una postura extraña, alargaba un brazo para sujetar una botella que estaba a punto de caer de la barra; un camarero atendía la mesa contigua y enmudeció en el momento en que informaba sobre los postres. Varios comensales, inertes, sostenían el tenedor en el trayecto hacia sus labios mientras otros quedaron a la espera de recibir en su paladar el vino que, sin ninguna explicación, se había convertido en un rojo y denso material. La música mutó a un tupido silencio y la brisa del ventilador quedó estancada mientras una mosca se suspendía en el aire deteniendo su vuelo.

Tan solo ellos dos podían moverse y, boquiabiertos, parpadearon ante el extraño suceso.

Sin mediar palabra, él gesticuló entre sus amigos para ver si estaban conscientes. Ninguno de ellos se movió y decidió levantarse. La agarró de la mano y salieron de allí con prisa. Una vez en la calle, encontraron más de lo mismo: los transeúntes quedaron con una pierna detenida en el paso; los coches no circularon, los semáforos deslumbraban la misma luz fija, e incluso las palomas, que habían alzado el vuelo, parecieron blancas estatuas con las alas abiertas. La ciudad entera se había parado, y ellos podían transitar por aquel mundo estático.

Sin saber hacia dónde dirigirse, se cruzaron con un portero de impoluto uniforme que les brindó una quieta bienvenida. Tras él, un lujoso hotel de puerta giratoria tenía atascada su trayectoria. Accedieron allí sin mediar palabra. El recepcionista, petrificado, fijaba la vista en una pantalla estática y un cliente de mármol frente al mostrador esperaba su eterno turno. Sin soltarse, alcanzaron la llave de la mejor suite del ático. Llegaron hasta la planta más alta y salieron a la terraza con el fin de observar la inmensa ciudad detenida en el tiempo. Un apocalipsis de silencio inquebrantable los recibió con un atronador mutismo.

El horizonte solidificado los dejó absortos ante aquella hecatombe inanimada. Entonces ella le sintió a su espalda. Pudo reconocer su respiración agitada que acariciaba su pelo y la tibieza de su cuerpo traspasándole la ropa. No supo cómo llegaron sus labios a posarse en su nuca, apenas rozándola. Se agarró de la barandilla para cerrar los ojos y concentrarse en el calor de su boca que ahora bajaba por sus brazos, al contrario que sus propios vellos que se erizaban a su paso. Advirtió sus dedos adentrándose en su pelo para retirarlo y posar allí un beso. Dejó escapar la punta de su curiosa lengua y saborearla con un ligero mordisco. Ella se giró para saciar su boca en la de él, que la llamaba en silencio, que la atraía para ser invadida. Quiso deleitarse con el sabor de sus labios pero las manos vibraron con prisa enredándose entre los botones de la blusa de ella y en el pantalón de él. De frente, se miraron respetando aquel pacto de silencio, aquel que nunca habían sellado y que nunca llegaron a firmar.

La cama ansiaba ser ocupada y ella tomó asiento tan solo en el borde. Hundió su rostro en el abdomen de él. Continuó una senda de vello oscuro que se perdía en un descenso hacia una gran rigidez. Acechó aquel camino a pequeños bocados hasta colar allí su boca. Degustó el calor palpitante al ritmo de un suspiro que se le escapó a él tras un temblor.

La impaciencia demandó tumbarla sobre las sábanas para sumergirse entre sus ardientes piernas y beber de su calidez. Notó crepitar el silencio al fondo, al ritmo de sus gemidos cada vez más sonoros y reptó después por su cuerpo hasta llegar a invadirlo. Ella lo atrajo hacia sus propias caderas y colmó el vacío húmedo y ansioso que se saciaba ahora sin prisa. Subieron aún más arriba de lo que estaba situado aquel ático. Ascendieron al compás de la rítmica presión que los empujaba al uno y al otro sin descanso. Y al llegar a la cima, explotaron en mil placenteros pedazos. Los mismos mil trozos que se rompieron como el cristal de las copas del brindis, que chocaron de pronto y terminaron por quebrarse.

Fue aquel sonido el que los devolvió a la realidad del lugar, al ruido de aquella botella que cayó al suelo estrepitosamente. Al camarero que repetía sin vacilación el menú y los postres, al zumbido de la mosca que retomó el vuelo, desviándose de su rumbo por la brisa del ventilador. Y todos los comensales masticaban y charlaban sin que hubiera sucedido allí nada. Apenas habían pasado dos ínfimos nanosegundos que, para ellos, se habían hecho eternos.

Todo cobraba vida alrededor, todo resonaba con fuerza y las voces se hicieron cada vez más fuertes. Los dos se miraron tras el brindis, tratando de entender qué había pasado. Se sonrieron al percibir que aquella realidad paralela donde el ritmo se había detenido los había dejado empapados el uno sobre el otro, sumergidos entre las sábanas y ocultados del resto de una silenciada humanidad.