Poema a la Madre Muerta

1 Jul 2021 | Noticias

El otro día, rebuscando entre álbumes de fotos antiguas, apareció este poema junto a varias instantáneas de un viaje a Sevilla. Mi padre era muy dado a guardar las fotos en sus correspondientes libritos de hojas plastificadas y adornarlos con poemas escritos con su machacona Olivetti en horas crepusculares. Esos poemas, reflexiones de antaño que enlazan con el aquel presente —un pasado infantil para mí—, ahora me parecen cobrar más valor, más peso. Supongo que para todo hay una edad, así que se me ocurrió que, mientras termino de construir «De Códigos y Muerte», mi cuarta novela negra que absorbe el poco tiempo creativo que me queda en el día y me limita para crear nuevos relatos, estaría muy bien compartir este poema en concreto.

Para aquellos que no habéis leído sus memorias (Harina de Otro Costal), os aclaro que poco se cuenta sobre la muerte de mi abuela, una mujer que quiso salvar a sus hijos de las zarpas de la Guerra Civil Española enviándolos a Valencia donde, por aquel entonces, las bombas no eran rutina. Se pasó su vida maldiciendo a quienes los metieron en un barco con destino a la URSS y tratando contra viento y marea, de hacerlos volver a España.

Aquí os reproduzco el texto y os adjunto la foto del poema, para que os hagáis una idea del revoltijo que me quedó tras leerlo con detenimiento.

Salgo a la calle.
El frío me acosa como la malayerba al trigo.
Un fantasma bizco, de muertes, entorna su aviso:
—¡Ha muerto! ¿Sabes?…
Y el papel encoge su hombro seco
de telegrama intrínseco.

Miro hacia el valle.
Una mole de acero y betún moderno
y conciso
cubre mi vista, ennegrece mi cobijo.
Entonces erro,
vago, sombrío, inconsciente,
casi sumiso voy por ser hombre…
Han enterrado sus «seis peinetas»,
aquel sorbete de limón
y el rizo
que guardaba mi padre
con los zarcillos verdes lisos
que él le regaló un buen día,
hace casi un siglo.

Y, amilanado sigo.
Yuntas de bueyes llegadas
desde el Cáucaso y sus crestas,
parsimoniosos, cabizbajos
me dan su pésame.
—Tu madre ha muerto sola—,
creo que han dicho.
Y el eco hueco
choca contra la torre Spáskaya de la esquina,
de allí se va hacia la otra farola
y, las almenas del castillo
cantan saetas:
—Ha muerto sola.

Y es el tronar del telegrama azul
envuelto en tul de besos
quien vuelve a encoger su hombro
esquelético y tercamente seco.