Posesión Visillera

17 Mar 2021 | Relatos

El restaurante estaba lleno. Entre las mesas existía no más de medio metro, entre la pareja que se sentó a nuestro lado y nosotros. No tardaron en hacerse notar al pedirme, cortésmente, que les pasara la sal. El salero llegó de vuelta en el segundo plato. Mi pollo al curry estaba algo soso y me tocó volver a reclamarla, haciendo un ademán de complicidad con mis vecinos comensales. Él rondaba la cuarentena. Vestía arreglaoperoinformal, con camisa y vaqueros. Ella iba más juvenil, melena a lo “Amelie” y sin una pizca de maquillaje. Muy natural, pensé, pero pasaba desapercibida, aunque estoy segura de que si hubiese estado presente alguno de mis amigos varones me habría resaltado algún atributo físico que, desde luego, yo no apreciaba a primera vista.

No eran más que dos personas sentadas a mi izquierda, gente que transitaba y coincidiría en el mismo sitio que yo durante no más de una hora en mi vida. Probablemente, no los volvería a ver jamás, sin embargo, durante esos instantes captaron mi atención lo suficiente como para recapacitar tiempo después.

Mi conversación versaba sobre lo que había llovido, sobre si la comida estaba buena o si teníamos que haber pedido el menú del día cuando, de pronto, el volumen del local bajó lo suficiente como para que, sin pretenderlo, me llegara con pelos y señales aquella radionovela, emitida en vivo y en directo por los propios protagonistas:

—Yo —dijo él, al tiempo que engullía—, ahora mismo, es que estoy hecho un lío… (silencio sepulcral).

Creo que durante varios segundos el tiempo se detuvo, la gente dejó de comer, de moverse, de reír, el oxígeno quedó estático, como un bloque de metacrilato, y los camareros se pararon en seco cargando con sus bandejas.

«¡¡¡Dios mío!!! ¡¡¡Que aquí sobramos cincuenta!!!!», pensé. «¡¡¡Que va a cortar con ella aquí mismo, en el restaurante, en medio de todos!!!».

—Pero… (ruido de copas) quiero decirte que… «¡Me va a dar un infarto! ¡Ve al grano por Dios!» que yo… que yo quiero… «se levanta y se va, ¡seguro, seguro!», quiero que tú… (silencio infinito de nuevo). «¡Seguía tragando el muy mamón! Pero, ¿quién come en una situación así, alma de pollo?», que tú, estés… conmigo «¿Cómo? ¿Cómo “conmigo”? ¡Ah, entonces, después de todo no la va a dejar! ¡Uf, menos mal! ¡Me estaban amargando el primer plato!».

Sinceramente, me sentí muy incómoda. No me parecía que fuera un diálogo para tenerlo entre bocados, y menos en un restaurante en el que se podían compartir hasta los manteles. Intenté seguir a lo mío, pero mi acompañante parecía estar en su mundo, sin darme opción a ocupar mi mente. Decidí observar al resto: a los camareros que salían y entraban a la cocina, a los del otro lado, que parecían ajenos a aquella conversación; a la inglesa de turno cuyas carcajadas se percibían por encima de los decibelios españoles (y luego dicen que si el ruido ibérico). Las voces de esta pareja se diluían de cuándo en cuándo entre el sonido del local, lo que agradecí, ya que empecé a pensar que me estaba poseyendo el espíritu de la vieja del visillo que todos llevamos dentro, pero esta vez más de lo conveniente. Traté de volver a lo mío y me dio cierta vergüenza haberme quedado con parte de la trama de algo tan privado. Continué con el plato de curry y pensé en cómo era posible que aquellos dos no se dieran cuenta de que esa charla, supuestamente íntima, se pudiese oír con pelos y señales dos mesas más allá.

—No sé lo que pensarás —volvió a la carga. «Otra vez no, por Dios… ¡Dejadme comer en paz!». —, pero…
— ¿Qué es lo que has dicho en casa?— le interrumpió la versión española de Gambito de Dama.

No pude evitar mirarla de refilón para ver cuál era su lenguaje corporal y la cara que ponía.

—Bueno, lo oficial es que estoy viviendo solo y que no tengo a nadie…

«¡Ajajá! ¡O sea, que ella es “la otra”!», me susurró al oído la visillera, terminando de poseerme al completo

—Y claro… —bebió un trago de vino— es tan fácil como decir algo así como: mamá y papá antes vivían juntos y ahora ya no. Además es horrible; ella me lo está haciendo pasar fatal, no sabes cómo me está puteando.

Esta vez no quise mirar, pero me sonó todo tan típico, tan sobreactuado, tan manido que me lo imaginé con cara de cordero degollado y gesto de yonofui. «And the Oscar goes to…».

—Lo único que te pido —siguió haciendo interminables silencios que no acababan nunca— es…—tragó— que sigas estando ahí.

«¡Vaya huevos, chaval! ¡Ya hay que tener jeta!»

—¿Yo? —contestó ella como si tuviera un palo metido en la espalda. Evidentemente estaba tensa.

«¡A ver si acaban ya y puedo tomarme el postre relajada, coño!».

—Ya sabes que no tengo planes y estaré encantada de esperarte el tiempo que sea.

Me quedé perpleja. Pensé en intervenir, decirle algo así como: «¡Pero mujer, un poco de dignidad! ¿O es que no ves que el chaval tiene un morro que se lo pisa? Puede incluso, que esté utilizándote. Que se divorcie primero, que se rehaga, y luego ya, si eso, entras tú en juego», pero obviamente seguí mareando el pollo, que se había quedado igual de frío que yo.

—Yo encantada— repitió sumisa. Y después, se tomaron de la mano y se comieron con los ojos.

«¡Buah! ¡Serás pringada!», casi vomito.

Me dieron ganas de levantarme, de decirle que ella será el clavo que saca el otro clavo, que solapar una relación con otra es indicativo de ser alguien de paso, que está en tránsito, que lo más habitual es que él vuelva con su mujer, que por estadística acabe conociendo a otra, que a uno cuando se divorcia, le renacen las alas y se quiere tirar a todo bicho viviente, que dónde quedaba la dignidad femenina, feminista, ¡femitodo!… y que si ella no se valora lo suficiente, dudaba mucho que lo hiciera él. Pero, claro, todo aquello eran conjeturas mías, teorías que se pueden romper con el “nunca se sabe” y seguí saboreando aquel pollo soso, junto a esos dos extraños que durante apenas una hora de mi vida compartieron decibelios, camareros, espacio y sal.