Propósito de Fin de Año.

31 Dic 2020 | Relatos

El reloj de la plaza mostraba los tres minutos restantes para acabar el día, además del mes y el año. Frente a la pantalla, muy atenta al minutero, se preguntaba cómo había llegado nuevamente a aquel punto. Nadie había sido capaz de invitarla y hacerle un hueco en su mesa. Eran ya varias Nocheviejas las que había pasado únicamente con la televisión como compañera, pero esta vez sería diferente.

Sus padres, jubilados en el pueblo, fueron los únicos que la reclamaron. Cuatrocientos kilómetros de camino y tener que soportar al carcamal de su padre para acabar peleándose pesaban más que el dolor de la soledad. Y luego vendría aquella forma tan suya de pedir perdón. Si hubiese sido más orgullosa no le habría aceptado los innumerables sobres repletos de dinero como muestra de arrepentimiento cada vez que discutían. Si lo hizo no fue por avaricia, sino por darle el gusto a su madre, que era muy poco inteligente. Debía haberse separado hacía décadas del tirano de su padre, pero la educación pueblerina y convencional no le permitía romper con todo. Ilusa ella, insoportable él.

Sus hermanos, casados y con hijos, tampoco la solicitaron para pasar el fin de año con ellos por culpa de sus cuñadas, estaba más que convencida. Ellos la adoraban, pero eran simples peones en manos de esas arpías envidiosas. Una mujer guapa y sabia como ella, que estaba por encima de toda esa chusma, era demasiada competencia. Podría haberlos invitado a su propia casa, pero ya pasó por aquella experiencia años atrás, cuando hizo un pollo asado para seis y los niños lo devoraron como si no hubiesen comido en semanas. Tuvo incluso que hacer un par de huevos fritos para terminar de saciar sus estómagos de gordos cebones. Después, le tocó recoger y limpiar la casa a ella sola, con lo ajustado que tenía su horario. Pérfidas ellas. Calzonazos sus hermanos.

¿Y qué amigos le quedaban? Los pocos que no se habían posicionado del lado de su ex marido se fueron distanciando sin saber muy bien por qué. Ella, que siempre los había aconsejado, que tanto tiempo les brindó, no esperaba que se mostraran tan desagradecidos como para no llamarla a cenar y disfrutar de la noche. Gentuza.

Un minuto, tan solo un minuto para que su plan se iniciara. Se darían cuenta de que ella era imprescindible en sus vidas. El inicio del nuevo año sería su paso a la gloria, directa a la conciencia de todos los que no habían sabido apreciarla, admirarla, mimarla.

El carrusel comenzó su descenso, alertando a los espectadores que se agitaban con gritos de júbilo. Cuatro repiques dieron paso a la cuenta atrás y, tras el último segundo, el sonido grave de la gran campanada anunció el tránsito entre un año y otro. Tomó la primera y la tragó con el dulce cava que reposaba en una larga copa. La segunda llegaría inmediatamente después, y así una tras otra hasta completar la docena de pastillas que había en el blíster. Se mezclarían con el alcohol hasta quedar diluidas en el estómago. Luego, la vencería el sopor y quedaría inmersa en un sueño perfecto que la llevaría directa al hospital, cuando alguno de esos malnacidos la encontrara tras no atender el teléfono para felicitarle el Año Nuevo. Una vez recuperada, acapararía la atención de todos y cada uno de ellos, convirtiéndose en el centro de sus vidas, como siempre debió ser. Chusma.

La copa cayó de su mano, rompiéndose en mil pedazos, las piernas languidecieron hasta aflojar la musculatura. Su cabeza buscó la diagonal para apoyar el cuello y los pulmones se hicieron lentos, cerrando el paso al oxígeno. Fue así como la encontraron, por el hedor que alertó a los vecinos tres semanas más tarde.

Aquel propósito manipulador de fin de año esta vez no llegó a funcionar.