Si no fuera por todo eso…

24 Feb 2021 | Relatos

Lo deseaba constantemente, pero en especial, al verlo salir de la mano de su mujer, consciente de que nunca podría competir con esa estabilidad que ella le brindaba. Aún así, no dejaba de esperarlo encorsetada en su traje de alta ejecutiva, dispuesta a que la tela se adosara a su piel, al fijarse con su propio sudor.

Entraba hecho un manojo de nervios, mirando a su alrededor. Nadie intuía nada. No solo era arriesgado a nivel laboral es que además, él era su subordinado. Se besaban furtivos, prestos, veloces, saboreándose la piel, la boca, la lengua… Apenas contaban con unos minutos para dar rienda suelta a que sus hormonas se fusionaran. Y lo hacían precisos, en cualquier lugar de la empresa: contra una columna, tras una pila de cajas de un almacén o encima de la fotocopiadora; siempre alerta, agudizando los sentidos, el oído por si entraba alguien, el tacto para retener el recuerdo que dejaría en sus manos el roce de sus pieles y el gusto para conservar el sabor de sus bocas.

Y mientras él surcaba su cuerpo con prisa, se concentraba en su dulce interior, odiando el momento al mismo tiempo. Era una sensación agridulce, como el chocolate con sal. Esa confusión se hacía aún más intensa, más profunda, más vehemente por el lugar en el que estaban. Darían lo que fuera para poder deleitarse unas pocas horas en una cama, como hacía todo el mundo, pero al mismo tiempo, siendo ella la jefa y él casado con una compañera, les provocaba alcanzar el nivel máximo de excitación, superior a cualquier rutina amatoria en algún hotel. Les estimulaba más lo furtivo, el riesgo y el hecho de que en cualquier momento pudiesen ser descubiertos.

Se encontraban dos o tres veces por semana: atenuando cualquier ruido, acallando los gemidos, alcanzando el clímax sin abrazarse, sin el cigarro posterior, sin carantoñas ni mimos postcoitales. Ella se estiraba la falda, se colocaba de nuevo el tanga, mientras él subía rápido sus pantalones buscando algún pelo o una delatora mancha de humedad. Después, venía un casto beso en la frente, justo antes de salir del cuartucho en cuestión, agarrando cada uno sendas carpetas, como si nunca hubiese pasado nada.

Lo deseaba tanto, que lo quería a todas horas y sabía que nunca podría disfrutar de un padre de familia entregado como él. Nunca sería suyo, pero tenía la certeza de que cada noche, con quien soñaba era con ella, y cuando se tumbaba junto a su mujer, su cabeza la imaginaba poseyéndola de nuevo.

Una vez en casa, él volvía a la rutina: el baño de los niños, la cena en familia, repasar la lección, adormecerse con el mando de la tele en la mano y llegar a la cama, apático y cansado, teniendo al lado a quien una vez juró amor eterno mientras soñaba con la otra.

Y mientras tanto, su mujer pretendía no observarlo. Era consciente de que si aquel sueldo entraba en la casa era por su jefa. Aquella que les avaló la hipoteca y les consiguió aquel chollo de mansión. La misma que negoció que la empresa pagara el colegio de los niños y les otorgaran aquel cochazo de lujo.

Si no fuera por todo eso, habría dejado de soportar verlo entrar a hurtadillas en el cuarto del archivo, donde sabía que su superiora le esperaba para entregarse al deseo, cosa que el resto de la empresa pensaba que ella desconocía.