Sin Perdón

Oct 9, 2020 | Relatos

Lo tenía atado de pies y manos a una silla oronda, como todo él. Dormitaba babeando, saliendo del trance de la droga que le había mantenido ausente en las últimas tres horas. Sudaba como un gorrino, al cual están a punto de sacrificar, sin ser consciente siquiera del destino que le esperaba. De pronto, abrió los ojos sin entender dónde se encontraba. Forcejó con las cuerdas para intentar soltarse, pero pronto comprendió que cuanto más tiraba más se le cortaba la circulación de las manos. Ya lucían azuladas, casi violáceas, así que decidió relajarlas para que el flujo sanguíneo pasara de nuevo por su cauce. Miró a su alrededor y vio que un gran foco le apuntaba a la cara y comenzaba a dañarle la vista. Nada más. El resto era una inmensa oscuridad que parecía rodearle desde detrás hacia delante, y también por ambos lados. En un momento en el que dejó de escuchar su propia respiración, oyó un clic cercano que le alertó.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Vio entonces cómo una silueta oscura se le acercaba lentamente. Era  un cuerpo menudo, que se movía sigiloso por la penumbra.

—¿Hola? ¿Quién eres? ¿Qué hago aquí?

La sombra crecía cada vez más y a medida que se acercaba, perfiló la silueta de un cuerpo femenino. Automáticamente, se relajó. Era como si el hecho de estar retenido por una mujer le restara importancia a la situación. Suspiró aliviado y comentó en un tono más cercano:

— Mira, no sé qué es lo que quieres, pero podemos negociar lo que sea. Yo gano bastante dinero.

La negra silueta permaneció unos instantes en la penumbra, observándole. El silencio era denso, tensionando aún más el ambiente.

El resplandor de un metal afilado que le cegó los ojos durante un instante delató lo que ella llevaba en la mano. Después, salió a la luz y se dejó ver. La pequeña mujer iba embutida en un traje de neopreno negro que también le tapaba la cabeza y la cara. Únicamente emergían dos ojos sin un color definido y un par de agujeros para respirar por la nariz. Se acercó muy despacio a aquel seboso que reposaba atado a la silla. Ensanchó las aletas de la nariz percibiendo el fuerte hedor que despedía y, acto seguido, sacó el cuchillo arañándole primero los brazos, después la espalda, el torso, las manos y finalmente la cara.
El hombre gritaba más aterrado por el miedo que por el dolor en sí, pues el filo del cuchillo era tan fino que apenas había notado el roce de su piel mientras se abría.

La mujer alcanzó una manguera que se anclaba enrollada a una pared. Tiró fuertemente e hizo que el eje rotara deslizando por el suelo la larga goma. Accionó una palanca, dando rienda suelta al agua que, ansiosa, se comprimía rígida en espera de liberarse, y apuntó con el chorro sobre el rollizo cuerpo de aquel individuo, escuchándole aullar aún más sobresaltado. Magullaba una y otra vez su cuerpo a base de presión acuática, dejándole dolorido como si hubiera recibido una buena paliza. Las heridas, mientras tanto, se abrían rápidas bajo la fuerza del agua. Los lamentos retumbaban en las paredes, haciéndole deducir que estaba en algún sótano o garaje. Además, escuchaba el tránsito de las tuberías por encima de su cabeza, dándole a entender que estaba en los bajos de algún edificio. Su esperanza para que alguien le encontrara en tal lamentable situación iba menguando a medida que pasaba el tiempo. Comenzó a tiritar y se fijó en sus brazos que chorreaban sangre a borbotones.

— Por…fa…vor —sollozaba.

La mujer no vaciló, seguía un patrón preestablecido: cogió unas escaleras y se posicionó junto a él. Subió hasta el último peldaño y alcanzó una llave inglesa que llevaba consigo. Comenzó entonces a desatornillar poco a poco la tubería que colgaba del techo, la que estaba justo encima de él. El hombre la miraba absorto. No entendía bien qué tipo de mente maquiavélica había ideado un plan así. Mientras ella, cuidadosa, giraba las tuercas de las grandes sujeciones. Quitó las agarraderas, despacio, y posteriormente tiró de la tubería hasta que salió el gran codo que pendía por encima de su cabeza. Salió un líquido marrón, espeso y maloliente que cayó justo encima de él.

—¡Dios mío! ¡Qué asco! —imploró.

Ella bajó de la escalera y repitió la acción al otro lado de su retenido. Ahora eran dos codos los que había quitado y ambas tuberías yacían desnudas justo encima de su ya contaminado pelo.

—¡Me voy a infectar por completo! —protestaba.

No contestó. Simplemente retiró la escalera, cogió el cuchillo y salió de aquel antro sin escuchar los gritos y ruegos de aquel que hasta ahora había sido su rehén. Cerró la puerta por fuera y giró varias veces la llave. Después pasó a sellar la cerradura con silicona, así como la puerta y también el suelo. El hedor no saldría de allí en varias décadas.

Meses después leyó en el periódico que tras una gran inundación producida en un edificio de la ciudad, habían encontrado el cuerpo de un hombre atado a una silla. El esqueleto, atado de pies y manos, vestía un cochambroso mono de trabajo en el que apenas se podía leer el emblema de una empresa: Fontaneros Pepe.