Soy Distinto

21 Abr 2021 | Relatos

Era delgado, con pelo largo y una fina perilla que perfilaba su mandíbula. Indudablemente, tenía aspecto de hombre moderno, pero vestido tal que un espadachín, en plena época de Quevedo, bien podría haber jurado que acababa de llegar del Siglo de Oro a bordo de una máquina del tiempo y le habrían creído.

Su papel consistía en ir de sensible, de alternativo, de diferente. Durante la cena, desplegó un muestrario de su carácter para que ella supiese, ante todo, que él era distinto. Entre frase y frase, recalcaba que ni siquiera tenía en casa esa caja tonta que domaba las mentes, refiriéndose a la televisión.

—Es una herramienta para ser manipulados —discurría.

Y ella fingió sorprenderse para darle a entender que sí, que era muy innovador, muy singular, muy diferente.

Lo observó entre bocados, mientras la acosaba a preguntas. Quería derribar sus cimientos, perforar sus defensas y componerse así una estrategia para poder seducirla. La etiquetaba, la posicionaba, la estereotipaba, mientras él se empeñaba en repetir que era un espécimen extraño, una rara avis que volaba libre, ingobernable.

Y tras el ritual baile, las tradicionales copas y los habituales excesos, no pudo evitar invitarlo a dormir a su casa.

—No pienses que voy a acostarme contigo —dijo Alatriste, desafiante. Eso sería lo previsible, lo más habitual, lo típico. Él no lo haría. Como modelo único que se consideraba, no iba a ser él quien tomara la iniciativa, como hacía el resto de sus congéneres. Él sería alguien ansiado, quien dejara un rastro de anhelo al no haberla poseído y así, tiempo después, le rogara, le suplicara, le implorara tener otra cita.

—No lo pienso —replicó ella—. Tengo un sofá comodísimo donde puedes descansar hasta que amanezca, y si mañana te despiertas y yo sigo durmiendo, puedes marcharte sin despedirte.

Fue en ese preciso instante cuando él transigió. Cubrió su boca con sus labios renacentistas; sus afiladas manos reptaron entre sus curvas y disfrazó las caricias de roces especiales, diferentemente sensuales, extraordinariamente únicas.

Pero aquel hombre que se empeñaba en demostrar ser tan atípico no logró encandilar a su reciente conquista. Sus estrellas fugaces no fueron más que meras chispas; sus fuegos artificiales, simplemente ordinarios y las mariposas no brotaron de su envoltorio permaneciendo como meros gusanos. Él, que tanto empeño había puesto para marcar la diferencia. Él que se moría por ser distinguido.

Por la mañana lo despidió sin emociones ni ansiedades y, una vez traspasada la puerta, lo imaginó adentrándose en su máquina del tiempo marcando cualquier cifra del año de 1600 para aterrizar justo al lado de la taberna donde Quevedo y su tertulia le estarían esperando. Supuso la narración de su experiencia vivida en el Siglo XXI y cómo se cortejaba a esas ansiadas mujeres.

—Muy raras, Don Francisco, muy raras —respondería al quitarse el sombrero—. Pasé toda una noche amancebado con una ¡y no me reclama de nuevo!

—¡Qué raro! —diría Quevedo.

A lo que él añadiría más tarde:

—¡Y qué diferentes!