De pronto evocas las risas, añoras el bálsamo del bienestar, de cuando todo iba bien, cuando tu vida era inalterable. A tu alrededor, nadie tocado, ni mucho menos hundido. Tu odisea diaria se centraba en una plana rutina, en sacar tiempo para hacer ejercicio, para dormir la siesta, para querer y dejarte querer; leer, escribir, rodearte de los que, con sus carcajadas y destreza, te hacían feliz.

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