Y ahora, ¿qué?

5 Nov 2020 | Relatos

—Y ahora, ¿qué? —preguntó el presidente de Rusia.

—Ahora ya nada —contestó el de Israel.

—¿Cómo es posible que hayamos caído en la trampa? ¡Los chinos! ¡Tan trabajadores, tan independientes, tan inofensivos! ¡Nos han engañado como a uno de ellos! —intervino, sarcástico, el francés.

—Se han quedado con todo —asumió, cabizbaja, la gobernante de Emiratos Árabes.

—¿Cómo es que ninguno ha visto el engaño? —Se encolerizó el estadounidense—. ¿Han burlado a todos nuestros servicios de inteligencia? ¡No doy crédito!

—Y mucho me temo que hasta aquí hemos llegado —murmuró tristemente, el primer ministro alemán.

Estaban todos reunidos: los doce presidentes de los doce países más poderosos del planeta. Todos sentados alrededor de una gran mesa. Demacrados, pálidos, marchitos y además, mareados.

—¡Es indignante! ¿Cómo hemos picado? ¡Prometieron firmar aquel acuerdo con la industria petrolífera y después llenaron el mercado de coches eléctricos que se cargan por fricción! —esta vez era el de India el que tomaba la palabra.

—Y subscribieron aquel contrato con las farmacéuticas para tener las patentes, negociando con la OMS para tenerla bajo control; vacunas, curas contra el cáncer y un sinfín de enfermedades mortales que ahora se solucionan con esa hierba que regenera las células madre—añadió el argelino.

—Se acabaron los ingresos farmacéuticos —añadió la presidenta argentina—. Hemos sido unos estúpidos.

—Han tomado el mando de las telecomunicaciones y también de Internet, exponiendo nuestros secretos de Estado, dejándolos a disposición de la población mundial, y para colmo, esos vendidos, los magnates del oro, han dado su consentimiento a la gestión oriental —concluyó el presidente de Venezuela.

—Sí —dijo el británico —, nos han engañado, pero lo peor ha sido la manera de embaucarnos para meternos aquí, con ese cuento de que había una bomba nuclear y debíamos ponernos a salvo en este asqueroso artefacto.

—¡Vamos a morir todos! —gritó la de Brasil, a punto de romper a llorar. —¡No quiero morir! ¡Tengo familia!

—Al menos, han tenido la humanidad de brindarnos doce pastillas de cianuro. Yo no voy a morir sufriendo, abrasándonos según nos acerquemos al Sol —afirmó el japonés, ensalzando el suicidio.

—¿Pero es que no hay manera de controlar la nave? — especuló el español—. ¡Tiene que haberla! ¡Habrá algún ingeniero que intervenga desde la Tierra! ¡Mis asesores sabrán cómo!

—Todo está programado desde Pekín —asumió el norcoreano—.Yo elijo el cianuro. Quiero una muerte rápida y no agonizar despacio, desintegrándonos según avancemos.

Se miraron unos a otros, comprendiendo su fatal destino de un modo trágico, esbozando sus últimos pensamientos para su interior, evaluando sus aciertos y deplorando sus culpas, al fin. Sin mediar palabra, se turnaron el bote con las doce pastillas, sin perder de vista el agua que se agitaba ligeramente, temblando al igual que su sangre lo hacía por sus arterias.

Uno por uno fueron tomando aquellas píldoras resolutivas, mientras el calor exterior les invadía por momentos en la mortífera nave.

Fue una lástima que esperaran. Una gran pena haberse adelantado a los acontecimientos que ellos creyeron inevitables, pues el cohete estaba programado para girar su rumbo no mucho más tarde, de vuelta a Pekín.

Aquello era lo que solía llamarse humor amarillo.

Nota: relato escrito en el año 2011. Cualquier parecido (y deseo) con la realidad es pura coincidencia.